La falta de carácter del Barça

Hoy se cumplen seis meses del nacimiento de este blog. En este periodo hay dos artículos que han merecido el ‘honor’ de pasar a la edición en papel de Mundo Deportivo: uno hablaba sobre la incapacidad del Barça de remontar un partido durante más de un año y el otro, el de ayer, sobre el hecho de haber ganado sólo dos partidos de 11 contra equipos de la zona Champions en dos temporadas. Reflexionando sobre estas y otras cuestiones me he dado cuenta que el nexo que une a ambos posts y situaciones es la falta de carácter. Para remontar un partido que se te ha puesto cuesta arriba se necesita a veces una dosis de sobreesfuerzo, de mala leche, además de acierto y suerte, mientras que para ganar a un rival de los grandes probablemente deberás poner toda la carne en el asador y meter la pierna hasta el fondo, además de jugar tu mejor juego.

Normalmente, al cabo de un tiempo de trabajo un equipo acaba siendo un reflejo de la personalidad del entrenador. Salvo casos muy raros, un equipo de un técnico que destaca por tener un espíritu guerrero, será combativo e incómodo, mientras que un conjunto dirigido por un entrenador más reflexivo y táctico tenderá a ser más especulativo, más frío. El Barça, tras ya casi cinco años al mando de Frank Rijkaard ha acabado siendo un fiel reflejo de su manera de ser: un bloque tranquilo, calmado, con excelente técnica  individual y buen rollo, pero carente en determinados momentos de mala leche, de carácter ganador, de capacidad de sufirimiento, de apretar los dientes.

Antes que nadie se me tire a la yugular y me tilde de oportunista, quiero decir que respeto profundamente al entrenador holandés, al que considero uno de los mejores técnicos de la historia del club. No podemos olvidar que llegó a un club devastado por la gestión de Joan Gaspart y que lo ha devuelto a la élite europea, ganando dos Ligas y la segunda Champions League de su historia. Su carácter, ya lo he dicho en más de una ocasión, es idóneo para un club con un entorno inflamable, en el que el más mínimo o inocuo debate tiende a encenderse por nuestro espíritu autocrítico y la pasión por los colores. Sin embargo, ya hace tiempo que tengo la sensación que esta indolencia, este quitarle hierro a los problemas, este ‘no pasa nada’, esta diplomacia en algunas alineaciones y con algunos cracks que están fuera de forma, esta incapacidad para castigar a quienes no se han entrenado al máximo han acabado anestesiando a los jugadores.

Hace un tiempo, cuando se marchó Henk Ten Cate, empezó a correr en determinados círculos que se había ido el técnico bueno. Hoy leo en Mundo Deportivo que el técnico holandés, ahora en el Chelsea como segundo de Avram Grant, ha iniciado una caza de ‘chivatos’ en el vestuario porque tras perder la final de la Carling Cup trascendió que tuvo una discusión muy subida de tono con John Terry. Hay que tener muchas narices para meterte en el vestuario del Chelsea y plantarte a gritar ante el central, el verdadero ‘capo’ del equipo, pero a lo mejor esto es lo que precisamente necesitaba el colectivo: tensión después de una derrota, mantener el espíritu ganador. No creo que Ten Cate fuera ‘el bueno’ del Barça, pero sí que aportaba este punto de mala leche en el vestuario que ahora nadie sabe ponerle. Yo soy de las personas que anteponen el diálogo y la lógica a los gritos, pero también tengo claro que en un equipo, de cualquier deporte, a veces hay momentos en los que hay que dar un puñetazo en la mesa, pegar un grito en el vestuario o salir en un una rueda de prensa y rajar un poco para tratar de herir en el orgullo a los jugadores.

Un equipo altamente anestesiado

Creo sinceramente que Rijkaard ha perdido esta capacidad y eso es lo peor, más allá de sus errores puntuales de planteamiento, como la ubicación de Ronaldinho como mediapunta ante el Villarreal. Incluso en actos como su tendencia a esperar demasiado en hacer los cambios, su poca valentía, anestesia a un equipo que, casualidades o no, marcó tras entrar Bojan al campo y que luego ya no hizo ningún cambio más hasta que los visitantes lograron el 1-2. Sigo pensando y lo defenderé siempre que Frank Rijkaard es un gran entrenador y que hay muchas facetas de su manera de ser que echaremos de menos cuando se vaya, pero también es evidente que hay relaciones que, por inmejorables que sean, se deterioran con el tiempo o que hay fases de la vida en las que necesitamos unas cosas concretas, que a lo mejor no son lo que tenemos. Soy el primero en desear que el equipo gane los máximos títulos posibles y aún puede aspirar a la Copa y la Champions, y la Liga no está matemáticamente perdida, pero aunque se gane algo, creo sinceramente que este problema seguirá persistiendo.

Ojalá me equivoque, pero si mi ‘diagnóstico’ es cierto y al equipo le falta carácter, está claro que quién más y mejor puede dárselo es José Mourinho, que está esperando una llamada del club para ponerse a trabajar. Ahora bién, el técnico ya avisó en Valencia la semana pasada que no va esperar eternamente, quizás por eso Joan Laporta endureció su discurso, habitualmente sereno y optimista, tras el partido del Villarreal, del que dijo cosas como “en general no ha salido un buen partido”, “ha sido un mazazo”, “se nos escapa la Liga” o “nos ha faltado un poco de punch”.

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